“Estoy obsesionado de tornar funcional el patrimonio, no contemplativo, no desde el punto de vista de que es un monumento.” —  Eduardo Souto de Moura

Perteneciente a una familia culta, conservadora y católica de Braga, e hijo de un o almólogo que se formó en la clínica barcelonesa del doctor Barraquer, el joven Eduardo estudió en una rigurosa escuela italiana de orígenes mussolinianos, más avanzada que las portuguesas de la época y donde el dibujo recibía gran atención, lo que le sería muy útil en su posterior ejercicio de la arquitectura.

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Conversaciones con Eduardo Souto de Moura

Perteneciente a una familia culta, conservadora y católica de Braga, e hijo de un o almólogo que se formó en la clínica barcelonesa del doctor Barraquer, el joven Eduardo estudió en una rigurosa escuela italiana de orígenes mussolinianos, más avanzada que las portuguesas de la época y donde el dibujo recibía gran atención, lo que le sería muy útil en su posterior ejercicio de la arquitectura.

Con un hermano jurista y buen conocedor de las artes, que llegaría a Procurador General de la República, y una hermana médico, Eduardo orientó su carrera profesional hacia la ingeniería, para desembocar en la arquitectura coincidiendo con la Revolución del 25 de abril, que abrió una etapa de extraordinaria alegría vital e inquietud intelectual, donde el estructuralismo o la semiótica serían más importantes que el urbanismo o la construcción.

Cuando el ministerio de Nuno Portas permitió poner en marcha planes residenciales innovadores, los jóvenes estudiantes recurrieron a Álvaro Siza, que con veinte años más tenía la experiencia que les faltaba, y este fue el origen de la estrecha relación entre los dos arquitectos, que se extendería durante toda la trayectoria de ambos, hasta llegar a compartir vínculos familiares — Eduardo está casado con una sobrina de Siza— y ocupar estudios en el mismo edificio.

Pese a haberse formado en tan íntima relación con Siza, Souto de Moura eligió expresarse en un idioma distinto, y la in uencia de Mies van der Rohe se advierte nítidamente en los primeros compases de su carrera. Vacunado frente al postmodernismo por la oprimente y prolongada tradición académica portuguesa, Mies ofrecía un método normalizador compatible con las demandas cuantitativas de una nación en construcción, y esta lección se materializa en su primera obra, el Mercado de Carandá en Braga, realizado —tras dejar el estudio de Siza en 1979— bajo los auspicios de un arquitecto de la ciudad y mientras Souto de Moura cumplía el servicio militar: una obra trascendental en su trayectoria, donde el mercado como calle cubierta extrae inspiración de los que habían sido sus maestros directos, el Aldo Rossi del Gallaratese —que en Santiago de Compostela le había enseñado a proyectar desde la ciudad existente— y el Fernando Távora que le había explicado la stoa clásica en sus viajes por Grecia. El posterior Café del Mercado utilizaría igualmente las preexistencias como una forma de abaratar costes, en un país en el que la piedra era más barata que el hormigón, y el arquitecto tendría, muchos años después, la oportunidad de utilizar su propia obra en ruinas como preexistencia para construir sendas escuelas de música y de danza que colonizan lo existente como la ciudad colonizó el Palacio de Diocleciano en Spalato. También por la etapa del servicio militar, y tras ganar un concurso en el que el aún no titulado arquitecto venció a sus profesores, el joven Souto de Moura construyó en Oporto el Centro Cultural Casa de las Artes, una obra exacta donde cristaliza su lenguaje característico, que le daría gran visibilidad y le permitiría independizarse.

Este lenguaje se depura en sus encargos residenciales de los años ochenta, casas para familiares o clientes jóvenes acomodados con demandas estéticas menos convencionales que las de la generación anterior. Buen ejemplo es la Casa 2 en Nevolgide, en el área de Oporto, una villa que se inspira en las ruinas dibujadas por Souto de Moura durante un viaje con Siza en el que visitaron Sicilia y Roma, en la tradición del Grand Tour; menos previsible es la Casa para tres familias en el Algarve, una residencia de vacaciones donde la in uencia es de la arquitectura china estudiada mientras el arquitecto atendía en Macao proyectos de Siza y Távora; y extrema en su subordinación al paisaje mineral es la singular vivienda en Moledo do Minho, resuelta con terrazas casi ciclópeas que evocan arqueologías primigenias.

El éxito de las casas facilitó el tránsito hacia encargos de mayor envergadura, en ocasiones suscitados por la visita de alguna de ellas. Este fue el caso de la Alfândega Nova en Oporto, un formidable edi cio construido al borde del río por un ingeniero francés, transformado en Centro de exposiciones y congresos por iniciativa de un ministro que conocía la casa en Nevolgide, y que Souto de Moura llevó a cabo respetando la lógica estructural y la ausencia de retórica de la obra original. Mayor intervención reclamaron los dos conventos en ruinas que adaptó a usos residenciales: el de Santa María do Bouro, una robusta fábrica de piedra cuya construcción se extendió desde el románico hasta el barroco, y que ya en estado de abandono formó parte de la infancia del arquitecto, que lo convirtió en Parador usando los materiales pétreos como contemporáneos, frente a la convención dogmática que exige diferenciar nítidamente lo nuevo y lo viejo; y el de las Bernardas en Tavira, una construcción de tierra apisonada para estas carmelitas de clausura que, evitando la rutinaria conversión a usos culturales, se transformó en apartamentos turísticos, uniendo los dos claustros para formar un gran patio con estanque, reforzando los muros con mallas metálicas y abriendo 120 ventanas nuevas en los herméticos cerramientos originales.

La lección miesiana volvería a hacerse mani esta en los prismas exactos construidos a caballo del cambio de siglo: el complejo de o cinas Burgo, en Oporto, el primer edi cio en altura levantado por Souto de Moura, de morfología determinada por la ordenanza, las normas de incendios y las restricciones aeroportuarias, que movieron al arquitecto a exacerbar su mecanicismo con una retícula exacta de esbeltas piezas de granito y aluminio que tienen a la vez funciones estructurales y climáticas; el bloque de viviendas de Maia, modulado rigurosamente con el objetivo de normalizar la construcción para poder alcanzar los precios de referencia de la vivienda social, desmintiendo a los que descartan un lenguaje reductivo por conducir a un presunto encarecimiento; o La Pallaresa, proyectada con los hermanos Esteve y Roberto Terradas en el urbanismo indiferente de Santa Coloma de Gramenet para crear un centro que dotara de identidad a esa periferia, reforzado por el gesto de los voladizos calculados por Julio Martínez Calzón, un conjunto casi metafísico en su introvertida abstracción.

En su última etapa, evitando repetirse y adaptando su trabajo a las circunstancias de la crisis, Souto de Moura ha hecho de su estudio un laboratorio de extraordinaria inventiva formal. Así en la Casa do Cinema, originalmente un cubo con un gran ventanal, pero nalmente construido con dos miradores divergentes hacia el mar y el río para evitar la visión de las torres levantadas enfrente, y transformada hoy en museo de arte africano, evidenciando la autonomía de la arquitectura; así también en el Estadio de Braga, que monumentaliza la técnica en el emplazamiento abrupto de una cantera, inspirado en sus gradas por el an teatro de Epidauro, en su cubierta por el pabellón de Portugal de Siza, y en su iluminación homogénea por las exigentes demandas de un estudio de televisión, alcanzando cotas admirables de disciplina y lirismo simultáneos; y así igualmente en el Museo Paula Rêgo, para la más importante pintora portuguesa, proyectado en un claro de un frondoso jardín aristocrático en Cascais, que obtiene visibilidad en su entorno con dos grandes cuerpos piramidales y un cálido cromatismo: obras todas que evidencian ese esfuerzo por reinventarse que recompensaría el premio Pritzker en 2011, homenajeando la trayectoria de un arquitecto que siguió los pasos de su maestro y amigo Siza para construir una obra propia y una identidad diferente, a medio camino entre la abstracción y la melancolía, y alimentada a partes iguales por la sensibilidad y por la inteligencia.

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Como principales rasgos de su arquitectura destacan el rigor y la precisión en las formas, así como una profunda sensibilidad hacia el contexto. Al igual que otros arquitectos portugueses, como Álvaro Siza, Souto de Moura se preocupa mucho por el entorno físico que rodea a sus obras, así mismo cuida bastante los detalles y la selección de los materiales locales, conjugando muy bien al hormigón, piedra, madera y aluminio. Se le suele considerar como un representante del regionalismo crítico (de estilo presentadas por el historiador de la arquitectura Kenneth Frampton).

Ficha

Título original
Conversaciones con Eduardo Souto de Moura
Año
2016
Duración
50min.
País
España
Director
Pol Gonzalez
Entrevistador
Luís Fernandez-Galiano
Dirección creativa
Folch
Música
Danny Bensi, Saunder Jurriaans
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Como principales rasgos de su arquitectura destacan el rigor y la precisión en las formas, así como una profunda sensibilidad hacia el contexto. Al igual que otros arquitectos portugueses, como Álvaro Siza, Souto de Moura se preocupa mucho por el entorno físico que rodea a sus obras, así mismo cuida bastante los detalles y la selección de los materiales locales, conjugando muy bien al hormigón, piedra, madera y aluminio. Se le suele considerar como un representante del regionalismo crítico (de estilo presentadas por el historiador de la arquitectura Kenneth Frampton).

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Longitud: 15 minutos

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Conversaciones con Eduardo Souto de Moura
Año
2016
Duración
50min.
País
España
Director
Pol Gonzalez
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Luís Fernandez-Galiano
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Folch
Música
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Como principales rasgos de su arquitectura destacan el rigor y la precisión en las formas, así como una profunda sensibilidad hacia el contexto. Al igual que otros arquitectos portugueses, como Álvaro Siza, Souto de Moura se preocupa mucho por el entorno físico que rodea a sus obras, así mismo cuida bastante los detalles y la selección de los materiales locales, conjugando muy bien al hormigón, piedra, madera y aluminio. Se le suele considerar como un representante del regionalismo crítico (de estilo presentadas por el historiador de la arquitectura Kenneth Frampton).

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