“La arquitectura y la geometría son una cosa, la naturaleza es otra. Cuando se juntan, hay que tener mucho rigor.” —  Álvaro Siza

Criado en un numeroso hogar de clase media presidido por la abuela, que regresó de Brasil a Portugal con sus hijos al quedar viuda, el joven Álvaro fue un precoz dibujante, estimulado por un tío suyo que incluso le animaba armar sus croquis.

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Conversaciones con Álvaro Siza

Criado en un numeroso hogar de clase media presidido por la abuela, que regresó de Brasil a Portugal con sus hijos al quedar viuda, el joven Álvaro fue un precoz dibujante, estimulado por un tío suyo que incluso le animaba armar sus croquis.

Estas dotes artísticas le hicieron concebir el proyecto de dedicarse a la escultura, un propósito recibido con recelo por el entorno familiar, y muy especialmente por su padre ingeniero, que temía la inseguridad económica inseparable de esa profesión, por lo que Siza se inscribió en la especialidad de Arquitectura de la Escuela de Bellas Artes con la esperanza de transitar en el futuro hacia lo que entonces entendía como su vocación. Pero la arquitectura acabó captando su interés, y en las aulas de la Escuela descubrió y fue descubierto por un profesor carismático y entusiasta, el culto y cosmopolita Fernando Távora, diez años mayor que él, y a cuyo estudio se incorporaría siendo todavía estudiante.

La admiración infantil por Gaudí, cuya obra visitó durante un viaje familiar, y la juvenil por Aalto, conocido sólo a través de L’Architecture d’Aujourd’hui, se sumaría a la importancia atribuida a lo vernáculo en sus años escolares para conformar las fuentes estéticas de sus primeras obras, todas en las inmediaciones de Oporto: las cuatro casas de Matosinhos, donde aprendió el ocio de la construcción en diálogo con los albañiles; la Casa de Té Boa Nova, en Leça de Palmeira, resultado de un concurso ganado cuando todavía estaba en el estudio de Távora, levantada en un espectacular emplazamiento rocoso junto al mar, y resuelta con tanta inteligencia y sensibilidad paisajística que se convirtió en su primera obra maestra, elogiada ya en el Pequeño Congreso celebrado por entonces en Oporto y todavía hoy destino de peregrinajes arquitectónicos; y las extraordinarias piscinas en el océano, a poca distancia de la Casa de Té, donde la abrupta naturaleza se domestica con geometría, y donde tanto las correcciones del proyecto durante la construcción como las correcciones de la construcción por olas y mareas dieron como resultado un paisaje irrepetible y exacto.

En 1962, con las obras de Leça en construcción, Siza se casó con la pintora y dibujante Maria Antónia Marinho Leite, fallecida una década después, y quedando el arquitecto con dos hijos cuyo cuidado tuvo que conciliar con el trabajo profesional, por entonces centrado en viviendas unifamiliares donde desarrolló su lenguaje orgánico. Así ocurre en la casa Alcino Cardoso en Moledo de Minho, ampliación de una residencia de vacaciones cuya feliz inserción topográ ca la hace asemejar una ruina prematura; y así también en la Casa Beires en Póvoa de Varzim, donde el empeño del propietario en obtener un patio en una parcela muy pequeña condujo a la fractura del prisma con unos pliegues vítreos que le valieron el apodo de ‘casa bomba’. Ese lenguaje expresivo, pero con mayor gusto por las curvas y las super cies carenadas, lo emplearía años después en el Banco Borges & Irmao en Vila do Conde, una obra de monumentalidad en sordina que obtendría el aplauso crítico y el primer Premio Mies europeo.

La Revolución del 25 de abril fue en 1974 un momento de extraordinaria euforia y esperanza, abriendo una etapa nueva en la vida de la nación y en la del arquitecto, que expresa a partir de entonces su compromiso político a través de la vivienda social, interviniendo con frecuencia en procesos de participación popular. Así ocurrió en los conjuntos SAAL de São Victor y Bouça II, ambos en Oporto, promovidos por estudiantes como el joven Eduardo Souto de Moura y amparados por el responsable de vivienda en el gobierno democrático portugués, el arquitecto y crítico Nuno Portas, en cuya gestación se mostró que los habitantes podían intervenir tanto en la conformación doméstica como en decisiones propiamente urbanas; y así también en las viviendas Quinta de Malagueira, en Évora, donde las constantes vernáculas se combinaron con la característica infraestructura de los ‘peaductos’, porches elevados que suministran agua al tiempo que ofrecen sombra. La experiencia de Siza en la participación vecinal le valió su primer encargo fuera de Portugal, un fragmento de manzana en la Alt IBA berlinesa situado en el barrio de Kreuzberg, con gran presencia de inmigrantes turcos, un proyecto de gran disciplina económica e inevitable polémica política, que acabaría conociéndose como Bonjour Tristesse por una pintada entonces reivindicativa y hoy objeto de conservación patrimonial.

El nuevo clima político en Portugal animó a Siza a reanudar la docencia que había abandonado durante la dictadura, y su vínculo con la Facultad de Arquitectura de Oporto se reforzó aún más cuando en 1987 su antiguo mentor Távora consiguió convencer a sus colegas del claustro para que el nuevo edi cio le fuera encargado directamente al ya entonces prestigioso arquitecto, y la obra se completaría poco después de recibir su autor el Premio Pritzker. También por entonces inauguró en Santiago de Compostela su primera obra española, el Centro Gallego de Arte Contemporáneo, proyectado con admirable inteligencia contextual al mismo tiempo que el parque del cementerio colindante, donde se colocaría una escultura de su admirado Eduardo Chillida. Y estos fueron igualmente los años de la reconstrucción del Chiado lisboeta tras el incendio de 1988, encomendado a Siza por un alcalde que supo con ar en su sensibilidad para cauterizar la herida de la ciudad histórica.

En la última etapa de su carrera, convertido en una estrella internacional con obras en varios continentes, el maestro ha sabido seguir sorprendiendo con cada nuevo proyecto, desde la emocionante Iglesia de Santa María en Marco de Canavezes, que reacciona con lenguaje manierista a las memorias de una infancia católica; el Pabellón de Portugal en la Expo ’98 de Lisboa, con su icónico toldo de hormigón y pórticos de ritmo sincopado adaptables a futuros usos imprecisos; o la extraordinaria Fundación Iberê Camargo en Porto Alegre, un gesto escultórico en un emplazamiento abrupto que recibiría en 2014 el primer Premio Mies americano y supondría el regreso simbólico del arquitecto al Brasil donde nació su padre. Con sus archivos hoy repartidos entre el CCA de Montreal — donde se conserva la mayor parte de ellos— la Fundación Gulbenkian de Lisboa y la Serralves de Oporto, Siza sigue construyendo y dibujando como comenzara a hacerlo todavía niño, haciendo de la arquitectura una ‘profesión poética’, y creando un universo de formas que lo ha situado entre los grandes artistas de nuestro tiempo.

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Conversaciones con Álvaro Siza

Criado en un numeroso hogar de clase media presidido por la abuela, que regresó de Brasil a Portugal con sus hijos al quedar viuda, el joven Álvaro fue un precoz dibujante, estimulado por un tío suyo que incluso le animaba armar sus croquis.

Ficha

Título original
Conversaciones con Álvaro Siza
Año
2016
Duración
55min.
País
España
Director de la colección
Luís Fernandez-Galiano
Idea, producción y edición
Fundación Arquia
Realización
Fundación Arquia
Dirección creativa
Folch
Nº Expediente ICEC
01172/17
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Conversaciones con Álvaro Siza

Publicación y documental

Criado en un numeroso hogar de clase media presidido por la abuela, que regresó de Brasil a Portugal con sus hijos al quedar viuda, el joven Álvaro fue un precoz dibujante, estimulado por un tío suyo que incluso le animaba armar sus croquis.

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Título original
Conversaciones con Álvaro Siza
Año
2016
Duración
55min.
País
España
Director de la colección
Luís Fernandez-Galiano
Idea, producción y edición
Fundación Arquia
Realización
Fundación Arquia
Dirección creativa
Folch
Nº Expediente ICEC
01172/17
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